◄Inicio

 

 

 

LA COLUMNA

Reflexiones de ticoclub

 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Columna: 13

 

Sarapiquí: donde el arte y la naturaleza dialogan

“El río enseña a pintar sin prisa y la selva a esculpir con paciencia.”
 

En Sarapiquí, el arte no vive en galerías: camina con el río.
Cada hoja, cada piedra húmeda, cada canto de ave es una lección silenciosa sobre armonía y equilibrio.
Aquí el artista no observa la naturaleza desde afuera; dialoga con ella.
Aprende que la belleza no se impone: se descubre.

El que recorre sus riberas comprende que la creación humana y la natural comparten el mismo lenguaje: el del ritmo, la forma y la respiración.
Un tronco caído se convierte en escultura, el reflejo del agua en pintura viva, y el rumor del bosque en sinfonía.
Sarapiquí no inspira al artista: lo educa, le enseña humildad y sentido.

El hombre urbano suele creer que crea desde el vacío, pero la naturaleza ya lo ha hecho todo antes: pinta amaneceres, talla montañas, compone lluvias.
El arte humano es apenas un eco agradecido.
Y en ese eco se revela algo sagrado: que crear también es cuidar.

Cada obra nacida aquí lleva dentro la voz del río y el susurro de los árboles.
Por eso, proteger este territorio no es solo una causa ambiental, sino un acto cultural.
Porque la belleza no se conserva con palabras, sino con respeto.
Y cuando el artista levanta su pincel, su cámara o su cincel en defensa de la vida, el arte se convierte en bosque y el bosque en obra.

Sarapiquí nos recuerda que la naturaleza no es escenario, sino protagonista;
que cada pez, cada flor, cada mirada que se detiene a contemplar, es parte de un mismo poema.
Y en ese poema, el artista no firma su nombre: firma su gratitud.

Y esa gratitud es grande, para la Reserva Biológica Tirimbina y su Galería.

 

25/01/2026

 

 

 

Columna: 12

"El artista como guardián del tiempo"

El tiempo borra casi todo, menos lo que el arte decide recordar.
 

Hay oficios que construyen el presente y otros que salvan el pasado.
El del artista pertenece a ambos.
Mientras el mundo corre hacia lo nuevo, el creador se detiene un instante y congela lo esencial: un gesto, una mirada, una emoción, una época.
Su obra es una cápsula donde el tiempo se arrodilla.

El artista no detiene los relojes; los traduce.
Toma lo efímero y lo transforma en permanencia.
Un retrato guarda un siglo, una canción encierra una generación, una escultura contiene la paciencia de una vida entera.
Por eso, cuando una sociedad destruye su arte, destruye también su memoria.
Y un pueblo sin memoria es un cuerpo sin alma.

La función del artista no es solo estética: es histórica y espiritual.
Su tarea es rescatar los matices que el tiempo borra, las emociones que nadie anotó en los archivos.
El pintor, el poeta, el músico o el fotógrafo son cronistas del alma, guardianes de lo que no cabe en los documentos ni en los discursos.
Son los centinelas de lo que fuimos y los mensajeros de lo que aún podríamos ser.

Pero también guardan el futuro.
Cada obra que nace hoy será, mañana, testimonio de nuestra conciencia.
Por eso, la responsabilidad del artista es doble: crear con belleza, pero también con verdad.
No puede falsificar su tiempo, porque su mentira se convertiría en herencia.
La posteridad no necesita héroes, sino honestidad.

Ser guardián del tiempo no significa quedarse atrás, sino darle sentido al paso de los días.
El arte enseña que el tiempo no se mide en minutos, sino en memorias.
Y mientras haya alguien que pinte, cante o escriba, el mundo seguirá recordando que alguna vez existió la esperanza.

18/01/2026

 

 

 

 

Columna: 11

 

El artista ante la inteligencia artificial: creador o sombra

“Las máquinas pueden imitar la forma, pero no la intención.”

 

La aparición de la inteligencia artificial ha sacudido el mundo creativo.
Muchos artistas sienten temor: ¿qué valor tendrá el talento humano cuando una computadora puede dibujar, escribir o componer en segundos?
Pero esa pregunta es, en el fondo, una oportunidad para recordar por qué el arte existe.

La IA puede analizar millones de estilos, pero no puede vivir una sola emoción.
Puede predecir patrones, pero no puede tener propósito.
El arte no es una repetición de formas: es una respuesta al misterio de estar vivos.
Y ningún código puede sentir gratitud, pérdida o amor.

Sin embargo, el artista que sepa usar la inteligencia artificial con conciencia puede ampliar su horizonte.
No como sustituto, sino como herramienta.
La máquina amplifica lo que el espíritu imagina: limpia, acelera, multiplica.
Pero el alma sigue siendo el motor invisible.

El desafío no es competir con las máquinas, sino mantener viva la emoción humana.
La historia no recordará quién tuvo el programa más avanzado, sino quién conservó la verdad en medio del artificio.
El arte, aunque cambie de soporte, seguirá siendo el mismo gesto: una mano tendida hacia lo eterno.

La inteligencia artificial podrá producir millones de imágenes;
solo el ser humano puede mirar una de ellas… y sentir.

11/01/2026

 

 

 

 

Columna: 10

 

Tecnología y arte: aliados o invasores

“La tecnología acelera los dedos, pero el arte necesita tiempo para escuchar al alma.”
 

El siglo XXI puso al artista frente a un espejo nuevo: brillante, inmediato, lleno de promesas… pero también de sombras.
Las máquinas ahora pintan, los algoritmos componen, las pantallas imitan la textura del óleo.
La tecnología, esa herramienta creada para expandir los sentidos, parece a veces devorarlos.

No es enemigo el progreso; el peligro está en olvidar quién lo sostiene.
Una inteligencia puede generar formas, pero solo un ser humano puede darles intención, emoción, historia.
El arte sin alma será perfecto, pero vacío.
La máquina imita, pero no siente; calcula, pero no sueña.

Sin embargo, cuando el creador se apropia de la tecnología con criterio y ética, esta se vuelve aliada de la sensibilidad.
Un dron puede capturar un ángulo que los ojos nunca verían; una cámara digital puede eternizar una emoción fugaz; un programa puede restaurar lo que el tiempo dañó.
La clave no está en resistir la modernidad, sino en domarla sin entregarle el corazón.

Ese pintor que mezcló el cuerpo humano con una rueda de bicicleta tenía razón:
estamos atrapados en la velocidad, pero aún tenemos manos.
Y mientras esas manos sigan creando desde la verdad, ninguna máquina podrá sustituir la mirada del alma.

El arte y la tecnología pueden convivir, siempre que la emoción siga guiando al algoritmo.
Porque el día que la creación deje de ser un acto humano, el mundo podrá producir belleza… pero ya no podrá sentirla

04/01/2026 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Columna 9:

 

Cultura y comunidad: el arte como acto colectivo

“El arte no pertenece a quien lo crea, sino a quien lo necesita.”
 

Hay quienes piensan que la cultura es para los salones elegantes o los museos silenciosos.
Pero la cultura —la verdadera— nace en las manos del pueblo.
En el canto del que trabaja, en el color de las casas humildes, en la sonrisa que sobrevive al cansancio.
El arte no fue hecho para unos pocos: fue creado para recordarle a todos que todavía hay belleza posible, incluso en medio de la rutina.

El ser común, el que madruga y regresa tarde, el que apenas tiene tiempo para sí, también merece un instante de armonía.
Un mural en su barrio, una melodía suave en el bus, una exposición o simposio al aire libre, una poesía escuchada por casualidad…
esos pequeños oasis pueden cambiar el tono de un día entero.
El arte no resuelve las cuentas ni los horarios, pero repara el ánimo, devuelve dignidad, hace que el alma respire.

Cultura es comunidad.
No hay cultura viva sin participación, sin cercanía, sin diálogo.
Cuando la gente ve su historia, sus rostros y sus sueños reflejados en la creación, se siente parte de algo más grande.
Y cuando se siente parte, cuida, respeta y construye.
Ahí empieza la verdadera transformación social: no en los discursos, sino en la emoción compartida.

El artista que crea para su pueblo se convierte en un puente.
Y el ciudadano que se detiene un momento a mirar, a escuchar, a sentir, se vuelve también creador, porque la cultura no se consume: se comparte.
Cada persona que descubre belleza se vuelve un poco más humana, y una comunidad llena de humanidad es una comunidad sana.

El arte no es solo un lujo estético: es una necesidad social.
El trabajador, el campesino, el maestro, el joven… todos buscan sin saberlo un oasis de belleza y cultura que los devuelva a sí mismos.
Porque cuando el alma encuentra un instante de belleza, el mundo —aunque sea por un momento— se vuelve habitable.

28/12/2025

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Columna: 8

 

El poder curativo de la belleza

“La belleza no salva al mundo con fuerza, sino con ternura.”

 

Hay heridas que no curan los médicos ni los discursos, sino el silencio que deja una obra de arte.
Un cuadro, una canción, una escultura o un poema tienen la capacidad de restaurar lo invisible, de devolvernos la calma que la vida moderna nos arrebata.
Porque la belleza no solo se mira: se respira, se absorbe, se transforma en alivio.

Cuando un ser humano contempla lo bello, su mente se ordena y su corazón se serena.
No importa si es el color del atardecer o una pieza tallada por manos humildes:
en ambos hay armonía, proporción y verdad.
Esa armonía actúa como medicina invisible contra el caos interior.
Por un instante, el alma recuerda que pertenece a algo mayor, que no todo está perdido.

La belleza no es lujo ni evasión: es nutrición del espíritu.
En tiempos de crisis, la estética se convierte en refugio moral.
Quien se detiene a admirar una flor, una melodía o una palabra bien dicha, aprende sin darse cuenta a ser más sensible, más empático, más humano.
Y donde hay sensibilidad, hay compasión; y donde hay compasión, comienza la sanación colectiva.

El arte cura porque reconcilia.
Une lo que la prisa separa: cuerpo y mente, razón y emoción, individuo y comunidad.
Nos recuerda que somos parte de un todo más amplio y que la armonía es posible.
Por eso los hospitales llenan sus paredes de color, las ciudades necesitan murales, y las casas flores: porque sin belleza, el alma enferma.

La belleza no elimina el dolor, pero lo ilumina.
No borra las heridas, pero enseña a mirarlas con esperanza.
Y en ese gesto humilde de contemplar y agradecer, comienza el milagro más antiguo:
el ser humano volviendo a sentirse vivo.

 21/12/2025

 

 

 

 

Columna: 7

 

Ética y estética: dos caras del mismo rostro

“La belleza sin verdad es maquillaje; la verdad sin belleza, herida.”
 

Durante siglos, el arte ha sido el espejo donde el ser humano se contempla.
Pero un espejo, si no refleja con honestidad, deforma.
Por eso la estética sin ética termina siendo un disfraz brillante que oculta vacíos,
y la ética sin estética se vuelve discurso rígido, sin alma ni emoción.
Ambas —la belleza y la verdad— necesitan caminar tomadas de la mano.

El artista no solo crea para agradar la vista, sino para afinar la conciencia.
Su estética es la forma visible de su integridad, su ética es la raíz que da sentido a cada trazo.
Cuando una obra conmueve, no es solo por su color o su forma, sino porque en ella vibra algo justo, humano, transparente.
La belleza auténtica siempre tiene un fondo moral, aunque no predique;
y la ética verdadera siempre tiene un brillo estético, aunque no lo busque.

Hoy vivimos una época donde la apariencia se confunde con valor.
Las redes sociales exaltan la forma, el impacto, el número de miradas; pero pocas veces el contenido.
El reto del artista contemporáneo es mantener la pureza del propósito en medio de esa tempestad de espejos.
Crear no para gustar, sino para decir algo que valga la pena ser escuchado.

Toda gran obra es un acto de equilibrio.
Demasiada belleza sin verdad se vuelve artificio; demasiada verdad sin belleza, se vuelve sermón.
El arte que trasciende logra unir ambas:
la claridad del pensamiento y la emoción de lo bello.
Ahí, donde la estética se pone al servicio de la ética, nace el arte que ennoblece.

El creador que comprende esto no solo deja obras: deja ejemplos.
Porque el arte no se mide en metros de lienzo, sino en metros de conciencia.
Y la historia, al final, no recuerda a quien decoró su tiempo, sino a quien lo iluminó.

14/12/2025

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

Columna: 6

El silencio del artista en tiempos de ruido

“El silencio no es ausencia de sonido, sino espacio para escuchar la verdad.”
 

Vivimos rodeados de ruido: voces que compiten, imágenes que saturan, mensajes que se repiten hasta vaciarse.
En medio de ese torbellino, el artista corre el riesgo de olvidar su don más antiguo: la capacidad de escuchar.
Escuchar la vida, la memoria, la emoción y el misterio que se esconde detrás de cada forma.

El verdadero arte nace del silencio.
No del silencio físico, sino de ese espacio interior donde la mente se calma y el alma empieza a hablar.
Ahí donde el creador se detiene a observar un rayo de luz sobre la pared, o el temblor de una hoja antes de caer, nace la chispa que da sentido a su obra.
Sin ese instante de quietud, el arte se vuelve ruido más: una distracción más entre millones.

El silencio no aísla al artista; lo afina.
Le permite distinguir entre lo que el mundo le exige decir y lo que su conciencia le pide expresar.
En ese silencio se filtran las mentiras del ego, los caprichos del aplauso, las modas pasajeras.
Solo queda lo esencial: la necesidad de crear algo verdadero, aunque nadie lo entienda de inmediato.

Callar no siempre es retirarse; a veces es resistir.
Resistir la prisa, la superficialidad, la tentación de producir sin sentir.
El artista que guarda silencio por dentro se vuelve espejo limpio; su obra habla más claro, porque no compite: revela.

En tiempos de ruido, el silencio es una forma de valentía.
Es el terreno fértil donde la belleza vuelve a florecer, lejos del bullicio de la fama o del algoritmo.
Y cuando finalmente el artista decide hablar, su palabra tiene peso, su trazo tiene alma, su nota tiene propósito.

Porque quien se atreve a escuchar el silencio, termina creando desde la verdad.

 7/12/2025

 

 

 

 

Columna: 5

Naturaleza y creación: el mismo lenguaje

“La naturaleza no habla, pero enseña; el arte no imita, sino traduce.”
 

El ser humano olvida con facilidad que no inventó la belleza, solo aprendió a escucharla o a verla.
Antes de que existieran los pinceles o las palabras, ya los ríos componían sinfonías, las montañas esculpían su propia forma y la luz pintaba sobre las hojas.
El artista auténtico no copia ese milagro: dialoga con él.

La creación artística y la naturaleza comparten un mismo pulso: el deseo de dar forma a lo invisible.
Ambas transforman el caos en armonía, el ruido en ritmo, la materia en significado.
“Por eso, cada vez que un pintor mezcla colores, un escultor talla la piedra, un músico deja que el viento se lleve una nota o un escritor revela el misterio escondido en una frase, lo que hace es prolongar la voz del universo.”

No hay frontera entre arte y naturaleza, sino una continuidad espiritual.
El bosque es la primera galería, la lluvia el primer lienzo, la brisa el primer poema.
El creador que trabaja con humildad entiende que no es dueño de la inspiración, sino su custodio.
Quien escucha el lenguaje del agua o el vuelo de un ave, aprende a crear sin vanidad: solo para agradecer.

Hoy, más que nunca, necesitamos reconciliar esos dos lenguajes.
El arte que olvida la naturaleza se vuelve artificial; la sociedad que destruye su entorno, pierde sensibilidad.
Ambos caminos se cruzan en un mismo punto: el respeto.
Solo quien respeta la vida puede crear con verdad.

Cuando el artista siembra belleza, también siembra conciencia ecológica.
Y cuando la naturaleza inspira, enseña al creador que toda obra —si es pura— termina devolviéndose a la tierra, como semilla o como recuerdo.
Porque en el fondo, toda creación es un acto de gratitud:
un árbol que pinta con raíces,
un humano que pinta con alma.

30/11/2325

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

 

Columna: 4

 

La posición del artista ante la sociedad

“El artista no puede ser neutral: su silencio también es un mensaje.”


El artista vive entre dos mundos: el de la belleza y el de la realidad.
De uno toma inspiración; del otro, responsabilidad.
Ambos se cruzan en su obra, y ahí nace la pregunta que lo acompaña toda la vida:
¿crear para decorar o crear para despertar?

El compromiso del arte con la sociedad no significa propaganda ni panfleto.
Significa conciencia.
El artista que entiende su tiempo sabe que su voz tiene peso, que una imagen, una palabra o una melodía pueden abrir los ojos de quien nunca había mirado.
No se trata de sermonear, sino de recordar lo humano en medio del ruido, de invitar a pensar cuando todo empuja a olvidar.

Ignorar la realidad no vuelve al artista más puro, sino más frágil.
El arte sin raíz social corre el riesgo de volverse espejo vacío: hermoso, pero incapaz de reflejar algo más que su propia forma.
En cambio, cuando el creador se atreve a mirar de frente la injusticia, la pobreza, la mentira o el dolor, su obra se llena de verdad, aunque no siempre de comodidad.
Y esa verdad es la que sobrevive.

Ser artista en el siglo XXI no es solo dominar técnicas; es asumir una ética.
Es comprender que cada lienzo, cada verso, cada fotografía puede ser una chispa que encienda conciencia o una cortina que la oculte.
Depende de la elección de quien crea.

El verdadero creador no se separa de su tiempo: lo acompaña, lo interpreta y, a veces, lo desafía.
Su deber no es agradar, sino honrar la verdad del alma humana.
Porque cuando el arte se aleja de la realidad, se vuelve ornamento;
pero cuando la abraza, se vuelve luz y trsciende.

23/11/2025

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

 

Columna: 3

 

La cultura aleja al hombre de la maldad

“El arte no hace mejores cuadros: hace mejores personas.”

 

Hay una fuerza silenciosa que transforma al ser humano desde adentro: la cultura.
No impone, no castiga, no grita… simplemente eleva.
Allí donde entra la música, la literatura, la pintura o la danza, el corazón se ensancha y la violencia retrocede.
El hombre cultivado —no el erudito, sino el sensible— encuentra dentro de sí una brújula que lo aleja del daño, de la mentira y de la codicia.

La cultura no es solo conocimiento: es una escuela de empatía.
Cuando leemos una novela, viajamos en la piel de otro.
Cuando miramos un cuadro, entendemos la mirada del artista.
Y cuando escuchamos una sinfonía, comprendemos que la belleza necesita silencio para existir.
Esa capacidad de sentir con los demás es lo que separa al hombre civilizado del que solo busca su propio beneficio.

Un país puede tener universidades, carreteras y tecnología; pero si pierde su cultura, pierde su alma.
Porque el arte no solo enseña a crear: enseña a pensar, a discernir, a elegir el bien sobre el mal sin necesidad de leyes que lo ordenen.
La cultura humaniza lo que la ignorancia endurece.

No hay corrupción posible en un espíritu que sabe conmoverse ante la belleza.
No hay violencia duradera donde el niño aprende a pintar o el joven a tocar guitarra.
No hay oscuridad que resista la luz de una mente que reflexiona.

Por eso, todo proyecto cultural es, en el fondo, un proyecto moral.
Sembrar arte es sembrar conciencia; difundir cultura es vacunar al alma contra la indiferencia.
Y si alguna vez nos preguntamos por qué vale la pena seguir luchando por el arte, la respuesta es simple:
porque sin cultura, el ser humano se vuelve ruido;
con ella, se convierte en música.

16/11/2025

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

 

Columna: 2
 


La cultura como raíz de la identidad
“Un pueblo sin cultura es un árbol sin raíces: puede florecer un tiempo, pero no sobrevive a los vientos.”


La cultura no es un accesorio de la vida: es su esqueleto invisible.
Es aquello que nos da forma, que nos enseña quiénes somos, cómo sentimos y por qué luchamos.
En ella se entrelazan las voces de quienes nos precedieron, las tradiciones que nos moldearon y los sueños que aún no hemos cumplido.
Cuidar la cultura es, en última instancia, cuidar nuestra memoria colectiva.
En los últimos años, hemos visto cómo la globalización digital borra acentos, simplifica costumbres y sustituye la experiencia por la velocidad.
Sin embargo, la cultura resiste como una raíz profunda bajo el suelo de la modernidad: invisible, pero viva.
Cada idioma, cada danza, cada artesanía es una semilla que germina en silencio, recordándonos que la diversidad no divide: fortalece.
Perder la cultura es perder el mapa.
Es olvidar que hubo una vez abuelos que soñaron un país donde el arte y la naturaleza convivieran.
Por eso, cada exposición, cada festival, cada mural en un barrio humilde es más que un evento: es un acto de pertenencia, una afirmación de que todavía sabemos de dónde venimos.
Y cuando un pueblo recuerda su origen, también recupera su dignidad.
La identidad no se enseña con discursos: se transmite con ejemplos.
El niño que ve a su madre tejer, al músico tocar marimba o al pintor transformar una tabla en un paisaje, entiende que la belleza puede surgir de las manos.
Ahí nace el sentido de orgullo que ninguna red social puede reemplazar.
Ser costarricense —ser latinoamericano, ser humano— es llevar dentro un caudal de cultura que no se mide en títulos, sino en sensibilidad.
Y aunque el mundo cambie de piel, mientras existan artistas, maestros, campesinos, poetas y soñadores, la raíz seguirá alimentando al árbol.
Porque un país sin cultura es una casa sin cimientos.
Y un artista sin identidad, es una voz sin eco.

9/11/2025

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

 

Columna: 1
 


El arte como forma de resistencia moral
“Cuando el poder destruye la belleza, el arte la reconstruye.”
 

En un tiempo donde la prisa reemplazó al pensamiento y la apariencia se confunde con la verdad, el arte sigue siendo uno de los pocos refugios donde el ser humano puede encontrarse consigo mismo.
No es casual que, en momentos de crisis o confusión, surjan con más fuerza los artistas, los poetas, los músicos y los soñadores: ellos son quienes recuerdan que la dignidad y la conciencia no se negocian.
El arte, en su esencia más pura, no es un lujo ni un adorno, sino un acto de resistencia moral.
Cada pintura honesta, cada escultura nacida del alma, cada fotografía que captura lo invisible es un gesto de oposición ante la indiferencia.
Cuando la mentira se disfraza de éxito y la corrupción se normaliza, la creación auténtica se convierte en una forma silenciosa —pero poderosa— de decir: “Todavía hay belleza, todavía hay verdad.”
Resistir no siempre significa confrontar; a veces significa persistir en la búsqueda de lo bello y lo justo, cuando todo a nuestro alrededor invita a la rendición.
El artista que sigue creando con integridad, aun cuando nadie lo aplaude, es un guerrero de la luz.
Su obra no solo comunica, sino que defiende la posibilidad de seguir sintiendo, en un mundo que se anestesia con distracciones.
El arte educa sin gritar, denuncia sin insultar, sana sin medicar.
En cada exposición, mural o melodía hay una lección silenciosa sobre lo que realmente importa: la coherencia, la compasión, el respeto por la vida y por el otro.
Por eso, cuando un país cuida su cultura, también está cuidando su conciencia.
La verdadera resistencia no ocurre en las calles, sino en el alma:
en la mente del escultor que moldea esperanza,
en la mirada del pintor que redime el paisaje,
en la cámara del fotógrafo que salva un instante del olvido.
El arte no cambia el mundo de inmediato, pero cambia a las personas que pueden cambiarlo.
Y en esa cadena invisible —de sensibilidad, ética y belleza— reside su poder más profundo.
3/11/2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

Escultores, pintores, Casa del artista, arte digital, Costacurela, artesanías, Fotos de atardeceres; 2003, 2004, 2005, 2006, 2007, 2008, Flores, Flores /varias, Folclor rosas, orquídeas, Orquídeas miniatura, insectos, cultura, Escritores, Baúl, paisajes, artesanías, mariposas, monumentos, Iglesias casas, rocío, Lugares, Flores/rosas, cactus, gerberas, claveles, flores, florecitas, orquídeas, flores /varias, Flores/rocío, Ovni, Insectos/mantis, arañas, elateridae, alacrán, escarabajos, Monos, Arquitectura/monumentos, Marquetería, Orfebrería y joyería, Vitrales.

         

Copyright © 2008-2013 RCB. Reservados todos los derechos.
Revisado el: 25 de enero de 2026 15:52:46 -0600.

Nos gustaría saber sus comentarios

Libro de visita, autor, enlaces

e-mail