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LA COLUMNA
Reflexiones de ticoclub |
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Columna: 8
El
poder curativo de la belleza
“La belleza no salva al mundo con fuerza, sino con
ternura.”
Hay heridas que no curan los médicos ni los
discursos, sino el silencio que deja una obra de
arte.
Un cuadro, una canción, una escultura o un poema
tienen la capacidad de restaurar lo invisible, de
devolvernos la calma que la vida moderna nos
arrebata.
Porque la belleza no solo se mira: se respira, se
absorbe, se transforma en alivio.
Cuando un ser humano contempla lo bello, su mente se
ordena y su corazón se serena.
No importa si es el color del atardecer o una pieza
tallada por manos humildes:
en ambos hay armonía, proporción y verdad.
Esa armonía actúa como medicina invisible contra el
caos interior.
Por un instante, el alma recuerda que pertenece a
algo mayor, que no todo está perdido.
La belleza no es lujo ni evasión: es nutrición del
espíritu.
En tiempos de crisis, la estética se convierte en
refugio moral.
Quien se detiene a admirar una flor, una melodía o
una palabra bien dicha, aprende sin darse cuenta a
ser más sensible, más empático, más humano.
Y donde hay sensibilidad, hay compasión; y donde hay
compasión, comienza la sanación colectiva.
El arte cura porque reconcilia.
Une lo que la prisa separa: cuerpo y mente, razón y
emoción, individuo y comunidad.
Nos recuerda que somos parte de un todo más amplio y
que la armonía es posible.
Por eso los hospitales llenan sus paredes de color,
las ciudades necesitan murales, y las casas flores:
porque sin belleza, el alma enferma.
La belleza no elimina el dolor, pero lo ilumina.
No borra las heridas, pero enseña a mirarlas con
esperanza.
Y en ese gesto humilde de contemplar y agradecer,
comienza el milagro más antiguo:
el ser humano volviendo a sentirse vivo.
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Columna: 7
Ética y estética: dos caras del mismo rostro
“La
belleza sin verdad es maquillaje; la verdad sin
belleza, herida.”
Durante siglos, el arte ha sido el espejo donde el
ser humano se contempla.
Pero un espejo, si no refleja con honestidad,
deforma.
Por eso la estética sin ética termina siendo un
disfraz brillante que oculta vacíos,
y la ética sin estética se vuelve discurso rígido,
sin alma ni emoción.
Ambas —la belleza y la verdad— necesitan caminar
tomadas de la mano.
El
artista no solo crea para agradar la vista, sino
para afinar la conciencia.
Su estética es la forma visible de su integridad, su
ética es la raíz que da sentido a cada trazo.
Cuando una obra conmueve, no es solo por su color o
su forma, sino porque en ella vibra algo justo,
humano, transparente.
La belleza auténtica siempre tiene un fondo moral,
aunque no predique;
y la ética verdadera siempre tiene un brillo
estético, aunque no lo busque.
Hoy
vivimos una época donde la apariencia se confunde
con valor.
Las redes sociales exaltan la forma, el impacto, el
número de miradas; pero pocas veces el contenido.
El reto del artista contemporáneo es mantener la
pureza del propósito en medio de esa tempestad de
espejos.
Crear no para gustar, sino para decir algo que valga
la pena ser escuchado.
Toda gran obra es un acto de equilibrio.
Demasiada belleza sin verdad se vuelve artificio;
demasiada verdad sin belleza, se vuelve sermón.
El arte que trasciende logra unir ambas:
la claridad del pensamiento y la emoción de lo
bello.
Ahí, donde la estética se pone al servicio de la
ética, nace el arte que ennoblece.
El
creador que comprende esto no solo deja obras: deja
ejemplos.
Porque el arte no se mide en metros de lienzo, sino
en metros de conciencia.
Y la historia, al final, no recuerda a quien decoró
su tiempo, sino a quien lo iluminó.
14/12/2025 |
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Columna: 6
El silencio del artista en tiempos de ruido
“El
silencio no es ausencia de sonido, sino espacio para
escuchar la verdad.”
Vivimos rodeados de ruido: voces que compiten,
imágenes que saturan, mensajes que se repiten hasta
vaciarse.
En medio de ese torbellino, el artista corre el
riesgo de olvidar su don más antiguo: la capacidad
de escuchar.
Escuchar la vida, la memoria, la emoción y el
misterio que se esconde detrás de cada forma.
El
verdadero arte nace del silencio.
No del silencio físico, sino de ese espacio interior
donde la mente se calma y el alma empieza a hablar.
Ahí donde el creador se detiene a observar un rayo
de luz sobre la pared, o el temblor de una hoja
antes de caer, nace la chispa que da sentido a su
obra.
Sin ese instante de quietud, el arte se vuelve ruido
más: una distracción más entre millones.
El
silencio no aísla al artista; lo afina.
Le permite distinguir entre lo que el mundo le exige
decir y lo que su conciencia le pide expresar.
En ese silencio se filtran las mentiras del ego, los
caprichos del aplauso, las modas pasajeras.
Solo queda lo esencial: la necesidad de crear algo
verdadero, aunque nadie lo entienda de inmediato.
Callar no siempre es retirarse; a veces es resistir.
Resistir la prisa, la superficialidad, la tentación
de producir sin sentir.
El artista que guarda silencio por dentro se vuelve
espejo limpio; su obra habla más claro, porque no
compite: revela.
En
tiempos de ruido, el silencio es una forma de
valentía.
Es el terreno fértil donde la belleza vuelve a
florecer, lejos del bullicio de la fama o del
algoritmo.
Y cuando finalmente el artista decide hablar, su
palabra tiene peso, su trazo tiene alma, su nota
tiene propósito.
Porque quien se atreve a escuchar el silencio,
termina creando desde la verdad.
7/12/2025
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Columna: 5
Naturaleza y
creación: el mismo lenguaje
“La naturaleza
no habla, pero enseña; el arte no imita, sino
traduce.”
El ser humano
olvida con facilidad que no inventó la belleza, solo
aprendió a escucharla o a verla.
Antes de que existieran los pinceles o las palabras,
ya los ríos componían sinfonías, las montañas
esculpían su propia forma y la luz pintaba sobre las
hojas.
El artista auténtico no copia ese milagro: dialoga
con él.
La creación
artística y la naturaleza comparten un mismo pulso:
el deseo de dar forma a lo invisible.
Ambas transforman el caos en armonía, el ruido en
ritmo, la materia en significado.
“Por eso, cada vez que un pintor mezcla colores, un
escultor talla la piedra, un músico deja que el
viento se lleve una nota o un escritor revela el
misterio escondido en una frase, lo que hace es
prolongar la voz del universo.”
No hay frontera
entre arte y naturaleza, sino una continuidad
espiritual.
El bosque es la primera galería, la lluvia el primer
lienzo, la brisa el primer poema.
El creador que trabaja con humildad entiende que no
es dueño de la inspiración, sino su custodio.
Quien escucha el lenguaje del agua o el vuelo de un
ave, aprende a crear sin vanidad: solo para
agradecer.
Hoy, más que
nunca, necesitamos reconciliar esos dos lenguajes.
El arte que olvida la naturaleza se vuelve
artificial; la sociedad que destruye su entorno,
pierde sensibilidad.
Ambos caminos se cruzan en un mismo punto: el
respeto.
Solo quien respeta la vida puede crear con verdad.
Cuando el
artista siembra belleza, también siembra conciencia
ecológica.
Y cuando la naturaleza inspira, enseña al creador
que toda obra —si es pura— termina devolviéndose a
la tierra, como semilla o como recuerdo.
Porque en el fondo, toda creación es un acto de
gratitud:
un árbol que pinta con raíces,
un humano que pinta con alma.
30/11/2325
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Columna: 4
La posición
del artista ante la sociedad
“El artista no
puede ser neutral: su silencio también es un
mensaje.”
El artista vive entre dos mundos: el de la belleza y
el de la realidad.
De uno toma inspiración; del otro, responsabilidad.
Ambos se cruzan en su obra, y ahí nace la pregunta
que lo acompaña toda la vida:
¿crear para decorar o crear para despertar?
El compromiso del
arte con la sociedad no significa propaganda ni
panfleto.
Significa conciencia.
El artista que entiende su tiempo sabe que su voz
tiene peso, que una imagen, una palabra o una
melodía pueden abrir los ojos de quien nunca había
mirado.
No se trata de sermonear, sino de recordar lo
humano en medio del ruido, de invitar a pensar
cuando todo empuja a olvidar.
Ignorar la realidad
no vuelve al artista más puro, sino más frágil.
El arte sin raíz social corre el riesgo de volverse
espejo vacío: hermoso, pero incapaz de reflejar algo
más que su propia forma.
En cambio, cuando el creador se atreve a mirar de
frente la injusticia, la pobreza, la mentira o el
dolor, su obra se llena de verdad, aunque no siempre
de comodidad.
Y esa verdad es la que sobrevive.
Ser artista en el
siglo XXI no es solo dominar técnicas; es asumir
una ética.
Es comprender que cada lienzo, cada verso, cada
fotografía puede ser una chispa que encienda
conciencia o una cortina que la oculte.
Depende de la elección de quien crea.
El verdadero
creador no se separa de su tiempo: lo acompaña, lo
interpreta y, a veces, lo desafía.
Su deber no es agradar, sino honrar la verdad del
alma humana.
Porque cuando el arte se aleja de la realidad, se
vuelve ornamento;
pero cuando la abraza, se vuelve luz y trsciende.
23/11/2025
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Columna: 3
La cultura
aleja al hombre de la maldad
“El arte no hace
mejores cuadros: hace mejores personas.”
Hay una fuerza
silenciosa que transforma al ser humano desde
adentro: la cultura.
No impone, no castiga, no grita… simplemente
eleva.
Allí donde entra la música, la literatura, la
pintura o la danza, el corazón se ensancha y la
violencia retrocede.
El hombre cultivado —no el erudito, sino el
sensible— encuentra dentro de sí una brújula que lo
aleja del daño, de la mentira y de la codicia.
La cultura no es
solo conocimiento: es una escuela de empatía.
Cuando leemos una novela, viajamos en la piel de
otro.
Cuando miramos un cuadro, entendemos la mirada del
artista.
Y cuando escuchamos una sinfonía, comprendemos que
la belleza necesita silencio para existir.
Esa capacidad de sentir con los demás es lo que
separa al hombre civilizado del que solo busca su
propio beneficio.
Un país puede tener
universidades, carreteras y tecnología; pero si
pierde su cultura, pierde su alma.
Porque el arte no solo enseña a crear: enseña a
pensar, a discernir, a elegir el bien sobre el mal
sin necesidad de leyes que lo ordenen.
La cultura humaniza lo que la ignorancia
endurece.
No hay corrupción
posible en un espíritu que sabe conmoverse ante la
belleza.
No hay violencia duradera donde el niño aprende a
pintar o el joven a tocar guitarra.
No hay oscuridad que resista la luz de una mente que
reflexiona.
Por eso, todo
proyecto cultural es, en el fondo, un proyecto
moral.
Sembrar arte es sembrar conciencia; difundir
cultura es vacunar al alma contra la
indiferencia.
Y si alguna vez nos preguntamos por qué vale la pena
seguir luchando por el arte, la respuesta es simple:
porque sin cultura, el ser humano se vuelve ruido;
con ella, se convierte en música.
16/11/2025
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Columna:
2
La cultura como raíz de la identidad
“Un pueblo sin cultura es un árbol sin raíces: puede
florecer un tiempo, pero no sobrevive a los
vientos.”
La cultura no es un accesorio de la vida: es su
esqueleto invisible.
Es aquello que nos da forma, que nos enseña quiénes
somos, cómo sentimos y por qué luchamos.
En ella se entrelazan las voces de quienes nos
precedieron, las tradiciones que nos moldearon y los
sueños que aún no hemos cumplido.
Cuidar la cultura es, en última instancia, cuidar
nuestra memoria colectiva.
En los últimos años, hemos visto cómo la
globalización digital borra acentos, simplifica
costumbres y sustituye la experiencia por la
velocidad.
Sin embargo, la cultura resiste como una raíz
profunda bajo el suelo de la modernidad: invisible,
pero viva.
Cada idioma, cada danza, cada artesanía es una
semilla que germina en silencio, recordándonos que
la diversidad no divide: fortalece.
Perder la cultura es perder el mapa.
Es olvidar que hubo una vez abuelos que soñaron un
país donde el arte y la naturaleza convivieran.
Por eso, cada exposición, cada festival, cada mural
en un barrio humilde es más que un evento: es un
acto de pertenencia, una afirmación de que todavía
sabemos de dónde venimos.
Y cuando un pueblo recuerda su origen, también
recupera su dignidad.
La identidad no se enseña con discursos: se
transmite con ejemplos.
El niño que ve a su madre tejer, al músico tocar
marimba o al pintor transformar una tabla en un
paisaje, entiende que la belleza puede surgir de las
manos.
Ahí nace el sentido de orgullo que ninguna red
social puede reemplazar.
Ser costarricense —ser latinoamericano, ser humano—
es llevar dentro un caudal de cultura que no se mide
en títulos, sino en sensibilidad.
Y aunque el mundo cambie de piel, mientras existan
artistas, maestros, campesinos, poetas y soñadores,
la raíz seguirá alimentando al árbol.
Porque un país sin cultura es una casa sin
cimientos.
Y un artista sin identidad, es una voz sin eco.
9/11/2025
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Columna:
1
El arte como forma de resistencia moral
“Cuando el poder destruye la belleza, el arte la
reconstruye.”
En un tiempo donde la prisa reemplazó al pensamiento
y la apariencia se confunde con la verdad, el arte
sigue siendo uno de los pocos refugios donde el ser
humano puede encontrarse consigo mismo.
No es casual que, en momentos de crisis o confusión,
surjan con más fuerza los artistas, los poetas, los
músicos y los soñadores: ellos son quienes recuerdan
que la dignidad y la conciencia no se negocian.
El arte, en su esencia más pura, no es un lujo ni un
adorno, sino un acto de resistencia moral.
Cada pintura honesta, cada escultura nacida del
alma, cada fotografía que captura lo invisible es un
gesto de oposición ante la indiferencia.
Cuando la mentira se disfraza de éxito y la
corrupción se normaliza, la creación auténtica se
convierte en una forma silenciosa —pero poderosa— de
decir: “Todavía hay belleza, todavía hay verdad.”
Resistir no siempre significa confrontar; a veces
significa persistir en la búsqueda de lo bello y lo
justo, cuando todo a nuestro alrededor invita a la
rendición.
El artista que sigue creando con integridad, aun
cuando nadie lo aplaude, es un guerrero de la luz.
Su obra no solo comunica, sino que defiende la
posibilidad de seguir sintiendo, en un mundo que se
anestesia con distracciones.
El arte educa sin gritar, denuncia sin insultar,
sana sin medicar.
En cada exposición, mural o melodía hay una lección
silenciosa sobre lo que realmente importa: la
coherencia, la compasión, el respeto por la vida y
por el otro.
Por eso, cuando un país cuida su cultura, también
está cuidando su conciencia.
La verdadera resistencia no ocurre en las calles,
sino en el alma:
en la mente del escultor que moldea esperanza,
en la mirada del pintor que redime el paisaje,
en la cámara del fotógrafo que salva un instante del
olvido.
El arte no cambia el mundo de inmediato, pero cambia
a las personas que pueden cambiarlo.
Y en esa cadena invisible —de sensibilidad, ética y
belleza— reside su poder más profundo.
3/11/2025
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Revisado el:
28 de diciembre de 2025 20:49:58 -0600.
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