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LA COLUMNA
Reflexiones de ticoclub |
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Columna: 13
Sarapiquí: donde el arte y la naturaleza dialogan
“El río enseña a pintar sin prisa y la selva a
esculpir con paciencia.”
En Sarapiquí, el arte no vive en galerías: camina
con el río.
Cada hoja, cada piedra húmeda, cada canto de ave es
una lección silenciosa sobre armonía y equilibrio.
Aquí el artista no observa la naturaleza desde
afuera; dialoga con ella.
Aprende que la belleza no se impone: se descubre.
El que recorre sus riberas comprende que la creación
humana y la natural comparten el mismo lenguaje: el
del ritmo, la forma y la respiración.
Un tronco caído se convierte en escultura, el
reflejo del agua en pintura viva, y el rumor del
bosque en sinfonía.
Sarapiquí no inspira al artista: lo educa, le enseña
humildad y sentido.
El hombre urbano suele creer que crea desde el
vacío, pero la naturaleza ya lo ha hecho todo antes:
pinta amaneceres, talla montañas, compone lluvias.
El arte humano es apenas un eco agradecido.
Y en ese eco se revela algo sagrado: que crear
también es cuidar.
Cada obra nacida aquí lleva dentro la voz del río y
el susurro de los árboles.
Por eso, proteger este territorio no es solo una
causa ambiental, sino un acto cultural.
Porque la belleza no se conserva con palabras, sino
con respeto.
Y cuando el artista levanta su pincel, su cámara o
su cincel en defensa de la vida, el arte se
convierte en bosque y el bosque en obra.
Sarapiquí nos recuerda que la naturaleza no es
escenario, sino protagonista;
que cada pez, cada flor, cada mirada que se detiene
a contemplar, es parte de un mismo poema.
Y en ese poema, el artista no firma su nombre: firma
su gratitud.
Y esa gratitud es grande, para la Reserva Biológica
Tirimbina y su Galería.
25/01/2026 |
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Columna: 12
"El
artista como guardián del tiempo"
El tiempo borra casi todo, menos lo que el arte
decide recordar.
Hay oficios que construyen el presente y otros que
salvan el pasado.
El del artista pertenece a ambos.
Mientras el mundo corre hacia lo nuevo, el creador
se detiene un instante y congela lo esencial: un
gesto, una mirada, una emoción, una época.
Su obra es una cápsula donde el tiempo se arrodilla.
El artista no detiene los relojes; los traduce.
Toma lo efímero y lo transforma en permanencia.
Un retrato guarda un siglo, una canción encierra una
generación, una escultura contiene la paciencia de
una vida entera.
Por eso, cuando una sociedad destruye su arte,
destruye también su memoria.
Y un pueblo sin memoria es un cuerpo sin alma.
La función del artista no es solo estética: es
histórica y espiritual.
Su tarea es rescatar los matices que el tiempo
borra, las emociones que nadie anotó en los
archivos.
El pintor, el poeta, el músico o el fotógrafo son
cronistas del alma, guardianes de lo que no cabe en
los documentos ni en los discursos.
Son los centinelas de lo que fuimos y los mensajeros
de lo que aún podríamos ser.
Pero también guardan el futuro.
Cada obra que nace hoy será, mañana, testimonio de
nuestra conciencia.
Por eso, la responsabilidad del artista es doble:
crear con belleza, pero también con verdad.
No puede falsificar su tiempo, porque su mentira se
convertiría en herencia.
La posteridad no necesita héroes, sino honestidad.
Ser guardián del tiempo no significa quedarse atrás,
sino darle sentido al paso de los días.
El arte enseña que el tiempo no se mide en minutos,
sino en memorias.
Y mientras haya alguien que pinte, cante o escriba,
el mundo seguirá recordando que alguna vez existió
la esperanza.
18/01/2026 |
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Columna: 11
El artista
ante la inteligencia artificial: creador o sombra
“Las máquinas
pueden imitar la forma, pero no la intención.”
La aparición de
la inteligencia artificial ha sacudido el mundo
creativo.
Muchos artistas sienten temor: ¿qué valor tendrá el
talento humano cuando una computadora puede dibujar,
escribir o componer en segundos?
Pero esa pregunta es, en el fondo, una oportunidad
para recordar por qué el arte existe.
La IA puede
analizar millones de estilos, pero no puede vivir
una sola emoción.
Puede predecir patrones, pero no puede tener
propósito.
El arte no es una repetición de formas: es una
respuesta al misterio de estar vivos.
Y ningún código puede sentir gratitud, pérdida o
amor.
Sin embargo, el
artista que sepa usar la inteligencia artificial con
conciencia puede ampliar su horizonte.
No como sustituto, sino como herramienta.
La máquina amplifica lo que el espíritu imagina:
limpia, acelera, multiplica.
Pero el alma sigue siendo el motor invisible.
El desafío no es
competir con las máquinas, sino mantener viva la
emoción humana.
La historia no recordará quién tuvo el programa más
avanzado, sino quién conservó la verdad en medio del
artificio.
El arte, aunque cambie de soporte, seguirá siendo el
mismo gesto: una mano tendida hacia lo eterno.
La inteligencia
artificial podrá producir millones de imágenes;
solo el ser humano puede mirar una de ellas… y
sentir.
11/01/2026 |
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Columna: 10
Tecnología y
arte: aliados o invasores
“La tecnología
acelera los dedos, pero el arte necesita tiempo para
escuchar al alma.”
El siglo XXI
puso al artista frente a un espejo nuevo: brillante,
inmediato, lleno de promesas… pero también de
sombras.
Las máquinas ahora pintan, los algoritmos componen,
las pantallas imitan la textura del óleo.
La tecnología, esa herramienta creada para expandir
los sentidos, parece a veces devorarlos.
No es enemigo el
progreso; el peligro está en olvidar quién lo
sostiene.
Una inteligencia puede generar formas, pero solo un
ser humano puede darles intención, emoción,
historia.
El arte sin alma será perfecto, pero vacío.
La máquina imita, pero no siente; calcula, pero no
sueña.
Sin embargo,
cuando el creador se apropia de la tecnología con
criterio y ética, esta se vuelve aliada de la
sensibilidad.
Un dron puede capturar un ángulo que los ojos nunca
verían; una cámara digital puede eternizar una
emoción fugaz; un programa puede restaurar lo que el
tiempo dañó.
La clave no está en resistir la modernidad, sino en
domarla sin entregarle el corazón.
Ese pintor que
mezcló el cuerpo humano con una rueda de bicicleta
tenía razón:
estamos atrapados en la velocidad, pero aún tenemos
manos.
Y mientras esas manos sigan creando desde la verdad,
ninguna máquina podrá sustituir la mirada del alma.
El arte y la
tecnología pueden convivir, siempre que la emoción
siga guiando al algoritmo.
Porque el día que la creación deje de ser un acto
humano, el mundo podrá producir belleza… pero ya no
podrá sentirla
04/01/2026
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Columna 9:
Cultura y
comunidad: el arte como acto colectivo
“El arte no
pertenece a quien lo crea, sino a quien lo
necesita.”
Hay quienes piensan
que la cultura es para los salones elegantes o los
museos silenciosos.
Pero la cultura —la verdadera— nace en las manos del
pueblo.
En el canto del que trabaja, en el color de las
casas humildes, en la sonrisa que sobrevive al
cansancio.
El arte no fue hecho para unos pocos: fue creado
para recordarle a todos que todavía hay belleza
posible, incluso en medio de la rutina.
El ser común, el
que madruga y regresa tarde, el que apenas tiene
tiempo para sí, también merece un instante de
armonía.
Un mural en su barrio, una melodía suave en el bus,
una exposición o simposio al aire libre, una poesía
escuchada por casualidad…
esos pequeños oasis pueden cambiar el tono de un día
entero.
El arte no resuelve las cuentas ni los horarios,
pero repara el ánimo, devuelve dignidad, hace que el
alma respire.
Cultura es
comunidad.
No hay cultura viva sin participación, sin cercanía,
sin diálogo.
Cuando la gente ve su historia, sus rostros y sus
sueños reflejados en la creación, se siente parte de
algo más grande.
Y cuando se siente parte, cuida, respeta y
construye.
Ahí empieza la verdadera transformación social: no
en los discursos, sino en la emoción compartida.
El artista que crea
para su pueblo se convierte en un puente.
Y el ciudadano que se detiene un momento a mirar, a
escuchar, a sentir, se vuelve también creador,
porque la cultura no se consume: se comparte.
Cada persona que descubre belleza se vuelve un poco
más humana, y una comunidad llena de humanidad es
una comunidad sana.
El arte no es solo
un lujo estético: es una necesidad social.
El trabajador, el campesino, el maestro, el joven…
todos buscan sin saberlo un oasis de belleza y
cultura que los devuelva a sí mismos.
Porque cuando el alma encuentra un instante de
belleza, el mundo —aunque sea por un momento— se
vuelve habitable.
28/12/2025
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Columna: 8
El
poder curativo de la belleza
“La belleza no salva al mundo con fuerza, sino con
ternura.”
Hay heridas que no curan los médicos ni los
discursos, sino el silencio que deja una obra de
arte.
Un cuadro, una canción, una escultura o un poema
tienen la capacidad de restaurar lo invisible, de
devolvernos la calma que la vida moderna nos
arrebata.
Porque la belleza no solo se mira: se respira, se
absorbe, se transforma en alivio.
Cuando un ser humano contempla lo bello, su mente se
ordena y su corazón se serena.
No importa si es el color del atardecer o una pieza
tallada por manos humildes:
en ambos hay armonía, proporción y verdad.
Esa armonía actúa como medicina invisible contra el
caos interior.
Por un instante, el alma recuerda que pertenece a
algo mayor, que no todo está perdido.
La belleza no es lujo ni evasión: es nutrición del
espíritu.
En tiempos de crisis, la estética se convierte en
refugio moral.
Quien se detiene a admirar una flor, una melodía o
una palabra bien dicha, aprende sin darse cuenta a
ser más sensible, más empático, más humano.
Y donde hay sensibilidad, hay compasión; y donde hay
compasión, comienza la sanación colectiva.
El arte cura porque reconcilia.
Une lo que la prisa separa: cuerpo y mente, razón y
emoción, individuo y comunidad.
Nos recuerda que somos parte de un todo más amplio y
que la armonía es posible.
Por eso los hospitales llenan sus paredes de color,
las ciudades necesitan murales, y las casas flores:
porque sin belleza, el alma enferma.
La belleza no elimina el dolor, pero lo ilumina.
No borra las heridas, pero enseña a mirarlas con
esperanza.
Y en ese gesto humilde de contemplar y agradecer,
comienza el milagro más antiguo:
el ser humano volviendo a sentirse vivo.
21/12/2025
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Columna: 7
Ética y estética: dos caras del mismo rostro
“La
belleza sin verdad es maquillaje; la verdad sin
belleza, herida.”
Durante siglos, el arte ha sido el espejo donde el
ser humano se contempla.
Pero un espejo, si no refleja con honestidad,
deforma.
Por eso la estética sin ética termina siendo un
disfraz brillante que oculta vacíos,
y la ética sin estética se vuelve discurso rígido,
sin alma ni emoción.
Ambas —la belleza y la verdad— necesitan caminar
tomadas de la mano.
El
artista no solo crea para agradar la vista, sino
para afinar la conciencia.
Su estética es la forma visible de su integridad, su
ética es la raíz que da sentido a cada trazo.
Cuando una obra conmueve, no es solo por su color o
su forma, sino porque en ella vibra algo justo,
humano, transparente.
La belleza auténtica siempre tiene un fondo moral,
aunque no predique;
y la ética verdadera siempre tiene un brillo
estético, aunque no lo busque.
Hoy
vivimos una época donde la apariencia se confunde
con valor.
Las redes sociales exaltan la forma, el impacto, el
número de miradas; pero pocas veces el contenido.
El reto del artista contemporáneo es mantener la
pureza del propósito en medio de esa tempestad de
espejos.
Crear no para gustar, sino para decir algo que valga
la pena ser escuchado.
Toda gran obra es un acto de equilibrio.
Demasiada belleza sin verdad se vuelve artificio;
demasiada verdad sin belleza, se vuelve sermón.
El arte que trasciende logra unir ambas:
la claridad del pensamiento y la emoción de lo
bello.
Ahí, donde la estética se pone al servicio de la
ética, nace el arte que ennoblece.
El
creador que comprende esto no solo deja obras: deja
ejemplos.
Porque el arte no se mide en metros de lienzo, sino
en metros de conciencia.
Y la historia, al final, no recuerda a quien decoró
su tiempo, sino a quien lo iluminó.
14/12/2025 |
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Columna: 6
El silencio del artista en tiempos de ruido
“El
silencio no es ausencia de sonido, sino espacio para
escuchar la verdad.”
Vivimos rodeados de ruido: voces que compiten,
imágenes que saturan, mensajes que se repiten hasta
vaciarse.
En medio de ese torbellino, el artista corre el
riesgo de olvidar su don más antiguo: la capacidad
de escuchar.
Escuchar la vida, la memoria, la emoción y el
misterio que se esconde detrás de cada forma.
El
verdadero arte nace del silencio.
No del silencio físico, sino de ese espacio interior
donde la mente se calma y el alma empieza a hablar.
Ahí donde el creador se detiene a observar un rayo
de luz sobre la pared, o el temblor de una hoja
antes de caer, nace la chispa que da sentido a su
obra.
Sin ese instante de quietud, el arte se vuelve ruido
más: una distracción más entre millones.
El
silencio no aísla al artista; lo afina.
Le permite distinguir entre lo que el mundo le exige
decir y lo que su conciencia le pide expresar.
En ese silencio se filtran las mentiras del ego, los
caprichos del aplauso, las modas pasajeras.
Solo queda lo esencial: la necesidad de crear algo
verdadero, aunque nadie lo entienda de inmediato.
Callar no siempre es retirarse; a veces es resistir.
Resistir la prisa, la superficialidad, la tentación
de producir sin sentir.
El artista que guarda silencio por dentro se vuelve
espejo limpio; su obra habla más claro, porque no
compite: revela.
En
tiempos de ruido, el silencio es una forma de
valentía.
Es el terreno fértil donde la belleza vuelve a
florecer, lejos del bullicio de la fama o del
algoritmo.
Y cuando finalmente el artista decide hablar, su
palabra tiene peso, su trazo tiene alma, su nota
tiene propósito.
Porque quien se atreve a escuchar el silencio,
termina creando desde la verdad.
7/12/2025
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Columna: 5
Naturaleza y
creación: el mismo lenguaje
“La naturaleza
no habla, pero enseña; el arte no imita, sino
traduce.”
El ser humano
olvida con facilidad que no inventó la belleza, solo
aprendió a escucharla o a verla.
Antes de que existieran los pinceles o las palabras,
ya los ríos componían sinfonías, las montañas
esculpían su propia forma y la luz pintaba sobre las
hojas.
El artista auténtico no copia ese milagro: dialoga
con él.
La creación
artística y la naturaleza comparten un mismo pulso:
el deseo de dar forma a lo invisible.
Ambas transforman el caos en armonía, el ruido en
ritmo, la materia en significado.
“Por eso, cada vez que un pintor mezcla colores, un
escultor talla la piedra, un músico deja que el
viento se lleve una nota o un escritor revela el
misterio escondido en una frase, lo que hace es
prolongar la voz del universo.”
No hay frontera
entre arte y naturaleza, sino una continuidad
espiritual.
El bosque es la primera galería, la lluvia el primer
lienzo, la brisa el primer poema.
El creador que trabaja con humildad entiende que no
es dueño de la inspiración, sino su custodio.
Quien escucha el lenguaje del agua o el vuelo de un
ave, aprende a crear sin vanidad: solo para
agradecer.
Hoy, más que
nunca, necesitamos reconciliar esos dos lenguajes.
El arte que olvida la naturaleza se vuelve
artificial; la sociedad que destruye su entorno,
pierde sensibilidad.
Ambos caminos se cruzan en un mismo punto: el
respeto.
Solo quien respeta la vida puede crear con verdad.
Cuando el
artista siembra belleza, también siembra conciencia
ecológica.
Y cuando la naturaleza inspira, enseña al creador
que toda obra —si es pura— termina devolviéndose a
la tierra, como semilla o como recuerdo.
Porque en el fondo, toda creación es un acto de
gratitud:
un árbol que pinta con raíces,
un humano que pinta con alma.
30/11/2325
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Columna: 4
La posición
del artista ante la sociedad
“El artista no
puede ser neutral: su silencio también es un
mensaje.”
El artista vive entre dos mundos: el de la belleza y
el de la realidad.
De uno toma inspiración; del otro, responsabilidad.
Ambos se cruzan en su obra, y ahí nace la pregunta
que lo acompaña toda la vida:
¿crear para decorar o crear para despertar?
El compromiso del
arte con la sociedad no significa propaganda ni
panfleto.
Significa conciencia.
El artista que entiende su tiempo sabe que su voz
tiene peso, que una imagen, una palabra o una
melodía pueden abrir los ojos de quien nunca había
mirado.
No se trata de sermonear, sino de recordar lo
humano en medio del ruido, de invitar a pensar
cuando todo empuja a olvidar.
Ignorar la realidad
no vuelve al artista más puro, sino más frágil.
El arte sin raíz social corre el riesgo de volverse
espejo vacío: hermoso, pero incapaz de reflejar algo
más que su propia forma.
En cambio, cuando el creador se atreve a mirar de
frente la injusticia, la pobreza, la mentira o el
dolor, su obra se llena de verdad, aunque no siempre
de comodidad.
Y esa verdad es la que sobrevive.
Ser artista en el
siglo XXI no es solo dominar técnicas; es asumir
una ética.
Es comprender que cada lienzo, cada verso, cada
fotografía puede ser una chispa que encienda
conciencia o una cortina que la oculte.
Depende de la elección de quien crea.
El verdadero
creador no se separa de su tiempo: lo acompaña, lo
interpreta y, a veces, lo desafía.
Su deber no es agradar, sino honrar la verdad del
alma humana.
Porque cuando el arte se aleja de la realidad, se
vuelve ornamento;
pero cuando la abraza, se vuelve luz y trsciende.
23/11/2025
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Columna: 3
La cultura
aleja al hombre de la maldad
“El arte no hace
mejores cuadros: hace mejores personas.”
Hay una fuerza
silenciosa que transforma al ser humano desde
adentro: la cultura.
No impone, no castiga, no grita… simplemente
eleva.
Allí donde entra la música, la literatura, la
pintura o la danza, el corazón se ensancha y la
violencia retrocede.
El hombre cultivado —no el erudito, sino el
sensible— encuentra dentro de sí una brújula que lo
aleja del daño, de la mentira y de la codicia.
La cultura no es
solo conocimiento: es una escuela de empatía.
Cuando leemos una novela, viajamos en la piel de
otro.
Cuando miramos un cuadro, entendemos la mirada del
artista.
Y cuando escuchamos una sinfonía, comprendemos que
la belleza necesita silencio para existir.
Esa capacidad de sentir con los demás es lo que
separa al hombre civilizado del que solo busca su
propio beneficio.
Un país puede tener
universidades, carreteras y tecnología; pero si
pierde su cultura, pierde su alma.
Porque el arte no solo enseña a crear: enseña a
pensar, a discernir, a elegir el bien sobre el mal
sin necesidad de leyes que lo ordenen.
La cultura humaniza lo que la ignorancia
endurece.
No hay corrupción
posible en un espíritu que sabe conmoverse ante la
belleza.
No hay violencia duradera donde el niño aprende a
pintar o el joven a tocar guitarra.
No hay oscuridad que resista la luz de una mente que
reflexiona.
Por eso, todo
proyecto cultural es, en el fondo, un proyecto
moral.
Sembrar arte es sembrar conciencia; difundir
cultura es vacunar al alma contra la
indiferencia.
Y si alguna vez nos preguntamos por qué vale la pena
seguir luchando por el arte, la respuesta es simple:
porque sin cultura, el ser humano se vuelve ruido;
con ella, se convierte en música.
16/11/2025
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Columna:
2
La cultura como raíz de la identidad
“Un pueblo sin cultura es un árbol sin raíces: puede
florecer un tiempo, pero no sobrevive a los
vientos.”
La cultura no es un accesorio de la vida: es su
esqueleto invisible.
Es aquello que nos da forma, que nos enseña quiénes
somos, cómo sentimos y por qué luchamos.
En ella se entrelazan las voces de quienes nos
precedieron, las tradiciones que nos moldearon y los
sueños que aún no hemos cumplido.
Cuidar la cultura es, en última instancia, cuidar
nuestra memoria colectiva.
En los últimos años, hemos visto cómo la
globalización digital borra acentos, simplifica
costumbres y sustituye la experiencia por la
velocidad.
Sin embargo, la cultura resiste como una raíz
profunda bajo el suelo de la modernidad: invisible,
pero viva.
Cada idioma, cada danza, cada artesanía es una
semilla que germina en silencio, recordándonos que
la diversidad no divide: fortalece.
Perder la cultura es perder el mapa.
Es olvidar que hubo una vez abuelos que soñaron un
país donde el arte y la naturaleza convivieran.
Por eso, cada exposición, cada festival, cada mural
en un barrio humilde es más que un evento: es un
acto de pertenencia, una afirmación de que todavía
sabemos de dónde venimos.
Y cuando un pueblo recuerda su origen, también
recupera su dignidad.
La identidad no se enseña con discursos: se
transmite con ejemplos.
El niño que ve a su madre tejer, al músico tocar
marimba o al pintor transformar una tabla en un
paisaje, entiende que la belleza puede surgir de las
manos.
Ahí nace el sentido de orgullo que ninguna red
social puede reemplazar.
Ser costarricense —ser latinoamericano, ser humano—
es llevar dentro un caudal de cultura que no se mide
en títulos, sino en sensibilidad.
Y aunque el mundo cambie de piel, mientras existan
artistas, maestros, campesinos, poetas y soñadores,
la raíz seguirá alimentando al árbol.
Porque un país sin cultura es una casa sin
cimientos.
Y un artista sin identidad, es una voz sin eco.
9/11/2025
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Columna:
1
El arte como forma de resistencia moral
“Cuando el poder destruye la belleza, el arte la
reconstruye.”
En un tiempo donde la prisa reemplazó al pensamiento
y la apariencia se confunde con la verdad, el arte
sigue siendo uno de los pocos refugios donde el ser
humano puede encontrarse consigo mismo.
No es casual que, en momentos de crisis o confusión,
surjan con más fuerza los artistas, los poetas, los
músicos y los soñadores: ellos son quienes recuerdan
que la dignidad y la conciencia no se negocian.
El arte, en su esencia más pura, no es un lujo ni un
adorno, sino un acto de resistencia moral.
Cada pintura honesta, cada escultura nacida del
alma, cada fotografía que captura lo invisible es un
gesto de oposición ante la indiferencia.
Cuando la mentira se disfraza de éxito y la
corrupción se normaliza, la creación auténtica se
convierte en una forma silenciosa —pero poderosa— de
decir: “Todavía hay belleza, todavía hay verdad.”
Resistir no siempre significa confrontar; a veces
significa persistir en la búsqueda de lo bello y lo
justo, cuando todo a nuestro alrededor invita a la
rendición.
El artista que sigue creando con integridad, aun
cuando nadie lo aplaude, es un guerrero de la luz.
Su obra no solo comunica, sino que defiende la
posibilidad de seguir sintiendo, en un mundo que se
anestesia con distracciones.
El arte educa sin gritar, denuncia sin insultar,
sana sin medicar.
En cada exposición, mural o melodía hay una lección
silenciosa sobre lo que realmente importa: la
coherencia, la compasión, el respeto por la vida y
por el otro.
Por eso, cuando un país cuida su cultura, también
está cuidando su conciencia.
La verdadera resistencia no ocurre en las calles,
sino en el alma:
en la mente del escultor que moldea esperanza,
en la mirada del pintor que redime el paisaje,
en la cámara del fotógrafo que salva un instante del
olvido.
El arte no cambia el mundo de inmediato, pero cambia
a las personas que pueden cambiarlo.
Y en esa cadena invisible —de sensibilidad, ética y
belleza— reside su poder más profundo.
3/11/2025
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25 de enero de 2026 15:52:46 -0600.
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