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José
Alejandro Herrera |
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Comentarios a su obra |
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La
alegría de imaginar
El arte es un acto de fe. Uno crea, en la
soledad del alma, en lo íntimo de un
sentimiento, sobre la barca de una idea
pequeña y frágil. Espera que ese trazo y ese
color lleguen a un destinatario anónimo,
muevan un poco su voluntad y su sentir.
Quizás aquella persona desconocida logre ver
en el lienzo, o en aquel trozo de papel, el
reflejo de un humilde milagro: la humana
capacidad de imaginar el mundo. arte
es el más grande y más poderoso acto de fe. |
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Todo lo que nos rodea, todo lo que somos,
todo lo que podemos llegar a crear y conocer
es una proyección de nuestra voluntad
encauzada por nuestra imaginación. Incluso
la naturaleza es una reinterpretación del
todo en términos humanos. El árbol, la
montaña, la luna, todas las galaxias son
formas que nominamos, interpretamos,
decodificamos y finalmente atrapamos.
Soñamos al universo para poder entenderlo.
Nos soñamos a nosotros mismos dentro de la
Creación, para que nuestra vida cobre
sentido. Soñar es la única forma que tenemos
de conocer.
El artista es un imaginador experto. Su
pretensión no pretende rivalizar con ningún
dios, ni con las otras fuerzas genésicas que
pueblan la noche y la aurora. Él sueña
porque no tiene otro camino. El pinta,
escribe, canta, actúa o danza porque los
descubrimientos de su imaginación lo
sobrepasan. Es un deber dejar salir todo
aquello que retumba en su alba; antes de que
los sueños estallen en su cara o
languidezcan de hambre y abandono. Lo que
hace el artista no es un oficio, una
profesión o una vocación. Es una necesidad
impostergable, idéntica a dormir. Puede
tomar la forma ansiosa del hambre o ser tan
satisfactorio como el más intenso y
descomunal acto de amor. El artista necesita
imaginar y compartir con otros los frutos de
su fantasía.
José Alejandro imagina. Uno no puede abordar
su obra sin tener delante este hecho básico
y fundamental. Sin duda, puede recrear con
exactitud lo que sus ojos ven gracias a su
hábil pincel. Pero, lo que fluye de su
corazón es demasiado juguetón y luminoso
como para detenerlo. Toma esa realidad que
testarudamente los ojos tratan de copiar, y
la trastoca. El corazón de José Alejandro es
demasiado inquieto, demasiado travieso, para
evitar pintarle bigotes largos y orejas de
conejo a ese mundo tan formal y estrecho que
otros miran. No puede, y no quiere, evitar
la ironía, la sonrisa, la belleza, la
ternura, la fascinación de la naturaleza, la
profundidad de la sencillez y la
cotidianidad. No hay en su obra la
constreñida y cuadrada pretensión de ver,
adoctrinar o presumir. Por el contrario, es
la actitud franca, honesta y brillante del
niño que enseña sonriendo la pintarrajeada
pared de la sala; todavía con los crayones
en la mano.
Es evidente que nuestro artista domina la
técnica. Ahí está la proporción, la armonía,
los juegos de luz, el trazo pulido, los
estudios de anatomía, los conocimientos
zoológicos. Su trabajo no se escuda en un
pretendido estilo para justificar carencias
o limitaciones. Él pinta, ¡y pinta muy
bien!, lo que no es poco en estos días de
vanguardias ininteligibles y pintores que se
publicitan más de lo que pasan frente al
caballete. Sin embargo, lo que hace
absolutamente extraordinario a nuestro amigo
es el ánima que aviva su obra. Sus pinturas
son la contemplación inquietante de la
sociedad humana. Nos tienta decir que es la
contemplación de lo bestial y primigenio que
yace en nosotros, pero no lo haremos para no
pecar de obvios. Es un espejo que devela y
no sólo espeja: pone sobre nuestra cara una
máscara que señala lo que negamos y
ocultamos por educación, pudor o falsos
modales. El suyo es un espejo potente que
rechaza la mueca que siempre mostramos como
carta de presentación para obligarnos a
aceptarnos más allá de vanidades y
pretensiones de realismos. La imaginación de
José Alejandro nos desnuda a todos para
ponernos trajes que nunca, ni en época de
carnal, abríamos llevado.
Este logro de su trabajo debe atribuírsele,
aparte de a su afilada imaginación, a su
alegría. José Alejandro pinta con su
sonrisa. En cada cuadro se manifiesta un
placer delicioso por el acto de crear, ajeno
a las poses estereotipadas de los artistas
románticos y desgarrados. Hay una alegría de
imaginar que aleja las sombras del manoseado
artista atormentado, para darnos una
bocanada de aire fresco. Si, también dolor
de ser hombre se cuela aquí y allá, pero no
se regodea en él. Ni lo oculta ni lo alaba;
simplemente lo presente imaginado con un
filtro de alegría, con la dicha de quién
juega a la vida.
José Alejandro no tiene la pesadez y la
afectación que suelen volver a los artistas
unos seres insoportables e insufribles. Su
trabajo es tan placentero, tan profundo y
tan importante como un café de amigos
verdaderos. Yo, por mi parte, acepto la
máscara que propone pintar en mi cara,
levanto la taza de café con leche que me
ofrece y, complacido, sonrió junto a él.
Unidos por la alegría buena, poderosa y pura
de imaginar, imaginarnos y volver a
imaginar…
Diego Andrés Soto.
Agosto del 2006
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Fragmentos de algunos comentarios de algunos
amigos, periodistas y escritores:
Con desbordada imaginación, José Alejandro
crea mundos en donde el humor es un tema
serio. Puesto que los dibujos que el artista
nos presenta van desde la seriedad burlesca,
hasta la causticidad sangrienta de la
realidad. Con un dibujo muy cuidado, limpio
y abigarrado (no recargado) desfilan ante
nosotros una diversidad de asuntos reflejo
de la gran “feria social” es decir búsqueda
y encuentro con el caos que escapa a la
historia. En donde como se ha dicho la
unidad temática es la risa, aunque bien
podría decirse que, la ternura y el espanto
están presentes.
Mario Matarita, junio, 1988
( propietario de la galería 11-12)
Esta exposición merece verse ya que pocas
oportunidades podemos apreciar la muestra
artística de alguien que deja su mundo
subjetivo para mostramos como ve la
situación actual de nuestro país, de una
manera muy muy personal que le mantiene
entre lo humoresco y lo angustioso. Dibujos
que en medio de una miríada de detalles nos
enseñan el conjunto de nuestra realidad
recalcando ese aspecto de carnaval triste de
nuestra sociedad que han resaltado tantos
escritores nacionales (Isaac Felipe Azofeifa,
García Monge, etc.). La muestra también
contiene otras facetas más íntimas del
artista, pero caracterizadas igualmente por
una gran limpieza, dominio técnico y
expresividad.
Roberto Alvarado, Libertad, 9 de junio, 1988
La muestra está compuesta por temáticas muy
variadas. Encontramos desde grabados con
figuras que conforman mundos lúcidos, hasta
los que enseñan entornos desgarradores y la
eterna conflictiva del hombre que mira a su
mundo angustiosamente.
Gladys López, La República, 12 de agosto,
1990
El artista demuestra que con pocos trazos se
pueden lograr buenos dibujos. En esta
ocasión sus obras exhiben su goce por la
pintura y carecen de toda denuncia social.
Herrera recurre a varias técnicas para
sondear diversos temas.
VIVA, La Nación, 21 de julio, 1988
La pintura de José Alejandro Herrera convoca
un Universo de posibilidades que no siempre
concuerdan con la lógica, o con lo que “
lógicamente” se intente deducir de su obra.
Esta concuerda con esa armonía de opuestos,
esa lucha propia del vasto “teatro de la
vida” en el cual compartimos cosas que a
veces no notamos a simple vista. Su pintura
nos recuerda, sin hacer oposición total a la
razón, lo múltiples elementos que coexisten
en el mundo y nosotros; están ahí son
vivencias urbanas, primarias y salvajes; un
sí mismo con el cual participamos, porque es
colectivo y universal.
Víctor Porras, noviembre, 1991
Coloridas versiones de personajes populares
mezclados con ocurrencias mágicas... sin
mayor pretensión que ser fieles a
situaciones cotidianas..., y ofrece escenas
de sectores populares matizadas con toques
graciosos y elementos fantásticos.
Semanario Universidad, 15 de noviembre, 1991
En ésta, su primera exposición a color, nos
trae la realidad social de su “ Barrio
México” y al entrar en su mundo de fantasía
y sueños, nos llena de color y elementos
fantásticos.
La República, 22 de noviembre, 1991
Viene poco a poco dándose a conocer fuera de
los circuitos oficiales del arte. Yo me topé
con sus pinturas en un banco y en medio de
engorrosas filas. Algo emitía una extraña
luz que me atrajo. Su mundo me intrigó, su
dibujo me sedujo. La mezcla fantasiosa de
imágenes urbanas con su inconsciente, a
ratos humorísticos, a ratos angustiado, a
ratos inocente, plantea un lenguaje
original. También observar sus barrios con
algo de sordidez, con muchos de ternura y de
tiempo demorado, en medio de la reciente
Bienal L & S (en el Museo de la Ciencia y la
Cultura) me produjo alegría. Algunos han
calificado su pintura de “carnaval triste de
nuestra sociedad” entre lo “humoresco y lo
angustioso”. Hay colorido, fantasía, sueños
de repente un cierto kistsch. Y mucho de
identidad nacional.
Aurelia Dobles, VIVA, La Nación, Julio, 1994
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